Deseo pagar a mis obreros más de lo que vale para mí su trabajo? No. Deseo vender mis productos a un precio menor al que mis clientes están dispuestos a pagar? No. Deseo venderlos a pérdida o desvalorizándolos? No. Si esto está mal, hagan lo que quieran conmigo, según las normas que prefieran.
Me niego a considerar detestable el hecho de trabajar mejor que otra gente, realizar un producto de mayor valor que el de mis vecinos y ver que hay personas dispuestas a pagarme más que a ellos. Me niego a pedir perdón por mi idoneidad, por mi éxito, o por el dinero que gano.
La culpa es nuestra. Si nosotros, los que actuamos, los que aprovisionamos y beneficiamos a la humanidad, hemos permitido que el sello del mal quede estampado sobre nuestro ser y silenciosamente soportamos el castigo de nuestras propias virtudes.
Cuando se actúa sobre la base de la compasión y contra la justicia, es a los buenos que se castiga en aras de los malos; cuando se salva del sufrimiento a un culpable, es a los inocentes a quienes se obliga a sufrir…si el culpable no paga, lo hará el inocente.
Tal es el horror que Robin Hood inmortalizó como ideal de justicia….practicando la caridad con la riqueza de la que no era dueño, regalando bienes que él no había producido y haciendo pagar a otros el lujo de su piedad. Es el símbolo de la idea de que la necesidad, y no el logro, es la fuente de todo derecho; de que no tenemos que producir, sino solo necesitar; de que no es lo ganado lo que nos pertenece, sino aquello que no hemos ganado.
La moral de esa gente es la de los secuestradores. Utilizan nuestro amor a la virtud como rehén. Saben que lo soportaremos todo con el fin de trabajar y producir, porque a nuestro modo de ver, el logro es el más alto propósito moral del ser humano.
No existe medio más seguro para destruir a un hombre que ponerlo en una situación en la que no solo no desee mejorar, sino que, además, día tras día se esfuerce por cumplir peor con sus obligaciones.
Siempre fueron los atributos bestiales, no los humanos, los que la humanidad adoró; el ídolo del instinto y el de la fuerza, los místicos y los reyes. Los místicos que anhelaban una conciencia irresponsable y gobernaron proclamando que sus oscuras emociones eran superiores a la razón…y los reyes, que gobernaron por medio de sus garras y sus músculos.
…proponen un plan para destruirme, que trabaje a pérdida aunque cada tonelada que consiga me cueste más de lo que sacaré de ella; que mande al diablo mi riqueza, hasta que todos juntos nos muramos de hambre. Semejante irresponsabilidad no es posible en ningún hombre, ni siquiera en un saqueador.
Pensó en todas las especies vivientes que adiestran a sus crías en el arte de sobrevivir, en los gatos que enseñan a sus cachorros a cazar. Sin embargo, el humano, cuya herramienta de supervivencia es el cerebro, no solo fracasa en enseñar al niño a pensar, sino que dedica su educación al propósito de destruir su mente, de convencerlo de que el pensamiento es inútil y malo, antes incluso que haya comenzado a pensar.
Todo lo que es conveniente para la vida de un ser racional es bueno; todo lo que la destruye es malo.
El hombre no puede sobrevivir excepto mediante la adquisición de conocimiento, y la razón es su única manera de obtenerlo. La razón es la facultad que percibe, identifica e integra el material provisto por los sentidos.
La verdad es el reconocimiento de la realidad; la razón, el único instrumento de conocimiento del hombre, es su único parámetro de verdad.
No importa cuan vasto sea tu conocimiento, ó cuan modesto, es tu propia mente la que debe adquirirlo. Sólo se puede actuar en base al conocimiento propio. Tu mente es tu único juez de la verdad…y si otros disienten de tu veredicto, la realidad es la única corte de apelación.
Un proceso racional es un proceso moral.
La única virtud básica del hombre es el pensamiento. Y tu vicio básico, la fuente de todos tus males, es ese acto innombrable que algunos practican pero que no desean admitir; el acto de dejar la mente en blanco, la voluntaria suspensión de la propia conciencia, la negación a pensar. No pensar es un acto de aniquilación, un deseo de negar la existencia, un intento de borrar la realidad.
Al suspender tu juicio, niegas tu persona. Eso, a cada hora y en cada asunto, es tu elección moral básica; pensar o no pensar, existir o no existir.
Para vivir, el hombre debe considerar tres cosas como los valores supremos que rigen su vida: razón, propósito y autoestima. La Razón como su única herramienta para el conocimiento. El Propósito, como su elección de la felicidad que esa herramienta procederá a lograr. Autoestima, como la inviolable certeza de que su mente es competente para pensar y de que su persona es digna de ser feliz.
Racionalidad es el reconocimiento del hecho de que la existencia existe, de que nada puede alterar la verdad y que nada puede ser más importante que el acto de percibirla, osea pensar.
Integridad es el reconocimiento de que no se puede falsificar la propia conciencia.
Honestidad es el reconocimiento de que lo irreal es irreal y no puede tener ningún valor.
Justicia es el reconocimiento de que se debe juzgar a los hombres mediante un proceso puro y racional.
Productividad es el proceso mediante el cual nuestra conciencia controla nuestra existencia, un proceso constante de adquisición de conocimientos, de que todo trabajo es creativo si es realizado por una mente pensante.
Orgullo es el reconocimiento de que uno es su mayor valor y que, como todos los valores del hombre, debe ser ganado.
El único propósito moral del hombre es su felicidad, pero sólo se puede alcanzar mediante la propia virtud.
El símbolo de todas las relaciones entre esos hombres, el símbolo moral del respeto por los seres humanos, es el comerciante. Nosotros los que vivimos según valores, no saqueos, somos comerciantes, tanto en lo material, como en lo espiritual. Un comerciante es alguien que gana lo que obtiene y no da ni toma lo inmerecido.
Los parásitos místicos que a través las épocas han denigrado a los comerciantes y los han mantenido en el aprobio, al tiempo que brindaban honores a los pordioseros y saqueadores, siempre tuvieron claro el motivo de sus burlas: un comerciante es la entidad a la que temen: un hombre justo.
Te preguntas qué obligación moral tengo hacia mis semejantes? Ninguna. Sólo tengo obligación hacia mí mismo, hacia los objetos materiales, y hacia todo lo que existe: la racionalidad. No busco ni deseo nada de ellos, excepto aquellas relaciones que ellos quieran iniciar por su propia y voluntaria elección. Cuando estoy en desacuerdo con un hombre racional, dejo que la realidad sea nuestro arbitro final; si yo estoy en lo cierto, él aprenderá; si yo estoy equivocado, seré yo quien aprenda; uno de los dos ganará, pero los dos nos beneficiaremos.
Mientras los hombres deseen vivir en conjunto, ningún hombre puede iniciar el uso de la fuerza física contra otros.
Cuando alguien pretende tratar conmigo por la fuerza, le contesto con la fuerza.
El bien, dicen los místicos del espíritu, es Dios, un ser cuya única definición es que está más allá de los poderes de comprensión del hombre; tal definición invalida la conciencia humana y anula sus conceptos de existencia. El bien, dicen los místicos del músculo, es la Sociedad, una cosa a la que definen como un organismo que no posee forma física. La mente del hombre, dicen los místicos del espíritu, debe estar subordinada a la voluntad de Dios. La mente del hombre, dicen los místicos del músculo, debe ser subordinada a la voluntad de la Sociedad.
El egoísmo – dicen ambos- es el mal del hombre. El bien del hombre – dicen ambos- es renunciar a sus deseos personales, negarse a si mismo, rendirse; el bien del hombre es negar la vida que vive. El sacrificio – sostienen los dos – es la esencia de la moral, la mayor virtud que el hombre debe alcanzar.
Sacrificio es la renuncia a lo que uno valora a favor de lo que desprecia. Si poseemos una botella de leche y se la damos a nuestro hijo hambriento, no es un sacrificio; si se la damos al hijo del vecino y dejamos que el nuestro muera, si lo es. Si damos dinero para ayudar a un amigo, no es un sacrificio; si se lo damos a un desconocido que no nos importa, sí lo es.
El credo del sacrificio es una moral para el inmoral.
Es tu mente lo que quieren que entregues todos los que predican el credo del sacrificio.
Bajo una moral de sacrificio, el primer valor que sacrificas es la moralidad; el siguiente es la autoestima.
Amar es valorar. Quien diga que es posible valorar sin valores, amar a quienes consideramos despreciables, también sostendrá que es posible hacerse rico consumiendo sin producir y que el papel moneda es tan valioso como el oro.
Qué permite a un mendigo insolente exhibir sus lacras ante el rostro de los mejores y solicitar ayuda en tono de amenaza?
Hasta que no aprendas a tratar conmigo como comerciante, entregando valor por valor, deberás existir sin mí, como yo existiré sin ti.
La época infame a la que llamas Oscurantismo fue una era de inteligencia en huelga cuando los hombres capaces pasaron a la clandestinidad y vivieron ocultos, estudiando en secreto, y al morir se llevaron con ellos el trabajo de sus mentes.
Todo periodo regido por místicos fue una época de estancamiento y carencias, en que la mayoría de los hombres estuvieron en huelga contra la existencia, trabajando lo indispensable para sobrevivir, sin dejar más que migajas como botín para sus gobernantes les robaran.
El camino de la historia humana ha sido una cadena de tramos estériles erosionados por la fe y la fuerza, con una pocas y breves apariciones de un rayo de sol, cuando la energía liberada de los hombres de mente realizó las maravillas que admiraste e inmediatamente extinguiste.
Rechazas tu herramienta de percepción – tu mente – y luego te quejas de que el universo es un misterio.
El hombre que se niega a juzgar, que no acepta ni rechaza, que declara que no hay absolutos y que cree que escapa de la responsabilidad es el responsable de toda la sangre que se está derramando hoy en el mundo.
La perfección moral es tener una racionalidad inquebrantable, no importa el grado de inteligencia, sino el uso pleno implacable de la mente.
Acepta el hecho de que el único propósito moral de tu vida es alcanzar tu felicidad.
Como medida básica de autoestima, asume que cualquier exigencia de ayuda es la señal de un caníbal. Con su demanda afirma que tu vida es su propiedad; y más despreciable aún es tu consentimiento. Preguntas si es correcto ayudar siempre a otro hombre? No, si el reclama tu ayuda como un derecho y tu deber moral. Es correcto, en cambio, si ese es tu deseo personal, basado en tu propio placer egoísta, teniendo en cuenta el valor de su persona y de su lucha.
El origen de los derechos de propiedad es la ley de la causalidad. Toda propiedad y toda forma de riqueza son producidas por la mente y el trabajo del hombre. Pero no se puede obligar a la inteligencia a trabajar.
Los modernos místicos del músculo, que ofrecen la alternativa fraudulenta de los derechos humanos versus derechos de propiedad, como si unos pudieran existir sin los otros, están haciendo un último y grotesco intento de revivir la doctrina del alma versus el cuerpo. Sólo un esclavo puede trabajar sin derecho al producto de su esfuerzo.
Las únicas funciones apropiadas de un gobierno son: la policía para protegerte de los criminales; el ejército para protegerte de invasores extranjeros, y los tribunales para proteger tu propiedad.
Cuando trabajas en una fábrica moderna, se te paga, no solo por tu labor, sino por todo el genio productivo que ha hecho posible dicha fabrica; por el trabajo del industrial que la construyó, por el trabajo del inversor que ahorró el dinero y lo arriesgó después en lo nuevo y lo no probado; por el trabajo del ingeniero que diseñó las máquinas cuyas palancas tu mueves; el trabajo del inventor que creó el producto que fabricas; el trabajo del científico que descubrió las leyes que permiten elaborar dicho producto; el trabajo del filósofo que enseñó a los hombres a pensar y al que te pasas denunciando.
Si hubieras trabajado como herrero en la mística Edad Media, el resultado de toda tu capacidad productiva habría sido una barra de hierro hecha a mano, tras días y días de esfuerzo. Todo lo que tus músculos valen es el nivel de vida de aquel herrero; el resto es un regalo de Hank Rearden.
El hombre que está situado en la cúspide de la pirámide intelectual aporta el máximo a todos los que están debajo de él, pero no recibe más que el pago material, no obtiene ningún beneficio intelectual de los demás que añada algo al valor de su tiempo. El hombre en la base, quien abandonado a su suerte moriría de hambre por su total ineptitud, no contribuye con aquellos que están por encima de él, pero recibe el beneficio derivado de todas sus mentes.
No intentaste competir en base a tu inteligencia, y ahora lo haces en base a tu brutalidad. No quisiste permitir que las recompensas fueran ganadas por la producción y ahora estas corriendo una carrera en la que las recompensas se ganan a través del robo. Calificaste de egoísta y cruel el intercambio de valor por valor, y ahora has creado una sociedad en la que se intercambia extorsión por extorsión.
Tu sistema es una guerra civil legalizada, donde los hombres se juntan en bandas que luchan unas contra otras por la posesión de la ley que utilizan luego como un garrote contra sus rivales, hasta que otra banda se las arrebata por la fuerza, y la utiliza a su vez en su contra, mientras todos claman hallarse al servicio de un ignoto y nunca especificado bien común.
Nadie podrá obtener ningún valor de los demás recurriendo a la fuerza física. Todo hombre se mantendrá ó caerá, vivirá ó morirá, según su juicio racional.
No olvides que el estado natural del hombre es una postura erguida, una mente intransigente y un paso vivaz capaz de recorrer caminos ilimitados.
Juro por mi vida y mi amor por ella, que jamás viviré para nadie, ni exigiré que nadie viva para mí.
15 de diciembre de 2008
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